El hombre de la cueva




En una montaña, nevada en invierno, rala en verano, hay un bosque que tonsura su cima. 

En ese bosque, cerca de un gran abeto, hay un agujero que la montaña perfora. Ese hoyo es una cueva, y hay un hombre que habita dentro de ella.

Naturalmente, el hombre no tiene dentro de su pétrea morada acceso a ningún tipo de suministro,  sea agua, gas o electricidad, al menos de carácter antrópico. Tampoco, por supuesto, ninguna otra comodidad, más allá de las que pueda haberse por sí mismo proporcionado.

No solo carece el hombre de las comodidades de la vida moderna, sino que además es huérfano aquello que define al ser humano: la compañía. Ni amigos, ni pareja, ni Familia. Nadie está a su lado, y por ello, está completamente aislado. 

Ese hombre, todavía no animal, se examina cada día de su día, midiéndose con el que era el día anterior, y su único objetivo en esa ascética soledad es prepararse para el día que deba dar el combate de su vida, contra su único rival: tú.

Mientras él entrena, anónimo navegante, tú surcas imparable el desierto mundo cibernético, muerto ya desde antes de que las máquinas aprendieran a escribir. En la hora de la verdad, ¿serás capaz de presentar batalla? ¿resistirás las embestidas de un hombre obsesionado y preparado? ¿o acaso, como sospecho, sucumbirás bajo sus callosas manos?

El velo de la civilización te ha ocultado la existencia de tu rival, y te ha dado una seguridad que esconde un riesgo sistémico. No cubrir ese riesgo es vivir peligrosamente, y desconocer su existencia, vivir ignorante. 

Si el hombre de la cueva, en su primitiva primacía, contempla el reflejo de su rostro en un río, ¿verá su propio reflejo, tal y tú ves el tuyo?





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